Diario de Nada o casi Todo

miércoles, junio 28, 2017

ANÓNIMO PATALEO...


Breve Epístola, imaginaria y algo críptica, a un académico y afamado escritor…

Qué pena…

Qué desilusión.

Qué frustración.

Así, sin signos de admiración…

Y qué tristeza, ser testigo con cada nuevo escrito, con cada nuevo texto, con cada nuevo libro suyos, de tamaña decadencia intelectual, espiritual y literaria. Es sólo una opinión personal. Con qué desanimo traslado mi memoria literaria de la maestría sorprendente de la esgrima, a la típica y tópica facinerosidad del espionaje franquista. ¡Con qué ínfulas se puede pretender ser a la vez salvador de la patria,  conciencia intelectual de un país e icono del librepensamiento, enarbolando –cada vez más-, un rancio carpetovetonicismo (si me permite la licencia), absurdo y trasnochado, que aúna chulería, patrioterismo y un pepitogrillismo (también con su permiso, claro), inadmisible e insostenible!

¡Qué dolor tan entrañable vislumbrar anonadado como se pasa de perseguir la verdad –micrófono en mano y la vida en juego-, a sentar cátedra de españolidad desde la retaguardia apoltronada, desde una torre de marfil erigida con base en un famoseo prevaricador y fundamentos corporativistas tan elitistas como faltos de rigor!

Y sin embargo ahí estaba yo, como tantos otros, en el foso de su castillo luchando –leyendo-, toda palabra surgida de su laureada y bien pagada pluma. Ahí, en esa trinchera anónima de los anónimos, sus lectores. Los lectores que les sustentan a usted y a toda su cofradía oficialista… Sí, ahí estábamos y estamos todos los que les leemos, a pesar de que un libro de los suyos nos suponga un roto en el bolsillo o una distorsión en nuestro escaso presupuesto para la literatura. Y sobre todo, ahí estábamos y estamos, los lectores que, además, escribimos. Algunos no tan bien como ustedes, la oficialidad literaria e intelectual, pero algunos otros, mucho mejor.

Pero a pesar de todo ello he consentido –anónimamente, eso sí… el anonimato de mi creatividad es y ha sido siempre mi habitáculo…-, he consentido, decía, que me llamase usted ladrón -¡oh conciencia racial del buenismo español!-, por robar –que no robarle-, algunos libros en internet. Y he consentido también que atacase usted mi lengua –cooficial en este país, que dice es el suyo también y del que presume sólo cuando le interesa-, mi lengua, que es tan importante como la suya, esa que usted pone por encima del resto con la única razón que le da el sentirse superior a multitud de otros ámbitos  (llamémosles así), a los que desdeña. Mi lengua, a la que mi coyuntura vital y la coyuntura histórica, relegaron a un segundo plano… Por eso le escribo en su lengua. Y también la mía.

Y reconociendo mi delito, y reconociendo también que mi situación laboral entonces –y, después de un corto periodo de tiempo, también ahora…-, no sirve como atenuante de ese delito (¡ladrón de libros!), ni tampoco atenúa mi perfil delictivo el diagnóstico de esa enfermedad degenerativa que me corroe: lectura obsesivo compulsiva… Teniendo en cuenta todo esto, he decidido mantenerme en mis trece, en mi trinchera –desde la que escribo-, y reivindicar mi anonimato y mis humildes palabras de siempre, como las únicas armas que me puedo permitir y con las únicas que lucho: un ejemplo, esta misiva.

Y no es sólo que esta coyuntura –más bien historia repetida-, obligue a las criaturas como yo (poetas de medianoche, literatos exiliados en el país del papel y/o el ordenador…), al anónimo anonimato, como ya señalé antes. Y no es sólo que esta coyuntura –más bien repetida maldición-, no me permita ejercer mi oficio de siempre, lector-aprendiz de la vida –¡Aún y a mi edad, ya ve usted!-, o no me permita usted o mejor ese ustedismo que encarna la oficialidad literaria de este país, ejercer mi anónimo oficio, mi neófita y secreta vocación de escritor (…¡Sí, como usted, o como usted se mienta a sí mismo…!), precisamente por integrar y como integrante de dicho status…

Pues por eso, ya ve usted ¡triste y absurdo orgullo de quien subsiste asido torpemente a las palabras anónimas que perpetra diariamente!, por eso, decía, todos los libros de mi biblioteca que llevan su nombre de afinado y afilado autor, están comprados -¡sí, comprados!-, con mi dinero, el dinero ganado con el sudor de mi frente… si se me permite parafrasear tan repetido y esgrimido referente/arquetipo.

Pero sobrevivo intelectual y espiritualmente, aunque sea a duras penas, a pesar de la coyuntura enemiga en todos los ámbitos, la desfachatez de la comercialización de la literatura y una inspiración que, aunque lo intento a diario, y sobre todo últimamente, no consigo que coincida y confirme aquella verdad irrefutable… si llega la inspiración, que te pille trabajando…

Y mientras tanto usted –ustedes, que no es el único-, sentando cátedra, dictaminando, juzgando, etiquetando, colgando sambenitos a diestro y siniestro, por encima del bien y del mal… ya sean –ese bien  o ese mal-, literarios, intelectuales, de identidad, personales, sociales, idiomáticos, absurdos, convencionales, rancios…

Y mientras tanto, yo, aquí, en mi anónima trinchera, único hábitat intelectual que me mantiene vivo de alguna manera, cargando con ese absurdo y estúpido sentimiento de culpabilidad social, por ser nadie, por sentirme nadie… que te etiqueta como nadie… (sin apenas ser, ni hablar, ni dar… parafraseando libremente a a Extremoduro), intitulado, desempleado, ciudadano apabullado, agobiado, mudo, e incapacitado para responder con voz al esperpéntico espectáculo de podredumbre social que por doquier se desarrolla…

¡Pero es lo que hay…!

¡Y hay que joderse!

Salud

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